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Queridos enepianos:

El pasado domingo 27 de julio del presente año, su servidor se encontraba realizando una de las actividades más típicas del domingo, echarle una lavadita a la mionca. Digamos que la tarea se había cumplido en un 90 por ciento, casi lustrando los zapatos del vehículo cuando de pronto sentí que la virgen me hablaba. Un dolor muscular ligero en el brazo derecho, acompañado de palidez por una evidente falta de circulación sanguínea así como de frío. Pensé en seguida que se trataba de la fístula desmantelada hace 12 años, después del transplante renal, la cual se realizó para efectuar las hemodiálisis. El caso es que llegue de urgencias al primer hospital que encontré y ahí se me indicó que pasaba por un cuadro de trombosis arterial causado por un coagulo aparentemente originado en una deformación de la antigua fístula en mi brazo derecho. Para entonces el dolor me hacia sudar como un marrano, pero los médicos de urgencias me dijeron que lo tomara con calma pues no existía analgésico para dolor arterial, y sí, el dolor de una arteria es tanto como el del cucharón en pleno infarto, y no se quita sino hasta reiniciar la circulación de nueva cuenta, así que se me suministró un trombolítico poderoso que disolvió el coagulo en 15 minutos.

Estimados miembros, imagínense que les cae un elefante de pie en el brazo y luego el muy cabrón hace como que se limpia el lodo de las patas pero con tu brazo de tapete. Del Hospital General del ISSSTE en Pachuca, fui trasladado en flamante ambulancia (es neta, pero comenzó a llover por ahí de la caseta de cobro y todo se vino a bajo ya que muy chida la ambulancia pero con goteras a la altura de mis patas) al Instituto Nacional de Cardiología en el D. F. en donde me ingresaron de urgencias para realizarme un cateterismo seguido de angioplastia arterial del brazo derecho, el procedimiento fue por la femoral derecha con fuerte dosis de anticoagulante, lo cual me obligó a hospedarme por 9 largos días con sus noches en el penthouse 435 del famoso Instituto.

Para no prolongarla, he de decirles que el procedimiento no fue doloroso tanto como el permanecer dos días y sus noches casi inmóvil para evitar que la arteria preferida de los toros se chorreara, es decir, esperar a que los orificios de los introductores se taparan.

Por lo anterior, me fue imposible tomar alguna iniciativa para la carnita azada programada en días nuevos de agosto. Poncho, Darío, Javier, etc., pedornenme, ahora estoy tratando de solventar los costos de las vacaciones forzadas, las cuales me dejan claro que bien vale la pena hospitalizarse en algún periodo vacacional con el propósito de hacerse un servicio general, verificar niveles de aceite, presión, una que otra talachita y por que no, tomarlo como parada obligada.

Sean ustedes amigos de Dios, y que Él los bendiga.

Atte.

Jorge A. Angulo Calderón

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